En el estómago de Scilla

Ángel Mota Berriozábal

Juan baja del tren en Scilla. Es el único pasajero en sus andenes. La pesadez del sol acapara pronto sus movimientos. Su mirada se dilata con la insistencia de la luz. Poco a poco toma conciencia de la estación. Observa que tanto la taquilla como lo que eran tiendas se asoman abandonadas y con los vidrios rotos. Grafitos cubren la sala de espera. Tanto silencio le apacigua y sorprende. Se siente como si fuera la única persona en todo el puerto. Alcanza una escalera paramentada de basura. Baja hasta entrar a un oscuro túnel.

El sol lo alcanza en una calle. Al cruzar el asfalto da con una posada. Su nombre le hace sonreír: ¨Las Sirenas¨. Una mujerona calabrés lo instala en un cuarto húmedo. No tarda en salir a un patio. Se sienta frente a todo el pueblo:

−Así que tú eres Scilla. Así me miras vestida con un castillo de Aragón. Bostezas cuando la espuma duerme y traspiras con cada roca en el áspero muelle. Ahí estás Scilla como risco decaído, estirando esa hilera de tejados. Ahí estás como bestia desaparecida. Amenazas tan sólo la continuidad del agua y el paso de las olas.  Una mujer lava ropa a mano a su lado y su niño lo mira con curiosidad. La ropa que cuelga se agita fuerte por el viento. Una radio mal sintonizada suena lejana. Juan se levanta de improviso y se dirige a la antigua bestia. Lento, entierra sus pies en la arena. Observa la colina que sube por Scilla y las escalinatas que portan al castillo. La montaña de Scilla lo acoge con un camino de bellas casas de piedra. Juan Cristóbal entra al castillo. Observa desde su cima el encuentro de las corrientes, esas que hundían a los navíos en tiempos de Homero.

 −Scilla ya no eres nada; el simple soporte de un castillo en ruinas y el marco de un apacible malecón. Cuántos barcos no yacen en tu boca, cuántos cráneos no se conservan en el coral de tus entrañas. Y todos se incrustan en silencio, otorgando alimento al pez.

Juan decide caminar hacia el otro lado de puerto: un malecón de casas del lado derecho de la montaña. Un túnel, pequeño, es el único camino posible. Se mete a él. Empero, los primeros brotes de luz aparecen pronto y más confiado sale a una callejuela. Estrecha y curiosa la habitan perros, niños y uno que otro pescador con la red al hombro. Observa las casas de los pescadores: cubículos sobre el mar sostenidos por rocas marinas. Se sostienen una al lado de la otra.

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Camina unos minutos y encuentra una playa que rompe con la continuidad de casas en hilera. En ella observa una antigua casa neoclásica enorme. La cuida un patio de arena y rocas donde reposan unas lanchas azules. Para proteger el recinto, el mar abraza sus muros con cada oleaje. Va hacia el edificio mirando de soslayo, por si alguien lo sorprende o reprime. Se acerca con temor pero con extrema curiosidad. Ahí está la casa frente a él, completamente abandonada, apenas de pie. Juan Cristóbal salta por una de las ventanas.

Cae en maderos que quiebra. Enseguida se oyen sonidos de ratas. No puede distinguir nada. Tantea mientras se quiebran objetos a sus pies. Su estómago se entume por el miedo a la oscuridad mas continúa dando pasos. Después de minutos de silencio y de oscuridad su mente tiene que crear imágenes. Convoca todas las ideas, personas o espacios que puedan cumplir como figura clara, como objeto reconocible. Ni un sólo recuerdo le ayuda. Recurre a la zaga de la mirada mas sus ojos sólo distinguen las formas deformes de los objetos.

 Poco a poco con ayuda de la luz del exterior y la costumbre de los ojos comienza a distinguir objetos. Ve maderos alborotados en el piso. Camina entre escombros. Siente miedo. Pero eso mismo lo empuja a seguir adelante. Su miedo se torna en sorpresa cuando percibe varias puertas que conducen a diversos pasillos.

 Con escalofríos busca la ventana por la que entró. Inútil. El encierro lo sofoca; suda y tensa su cuerpo. Opta por una de las puertas como posible salida. Da a un pasillo. Encuentra un arco devastado que lo introduce a un túnel. Camina un poco y descubre una escalera de piedra que va al interior de la gruta. Las desciende aspirando un olor de humedad putrefacto. De esa humedad que paraliza los pulmones. El hedor del encierro lo encamina al interior de lo que se anuncia como una construcción subterránea. El desgaste de los ladrillos, las antiguas cruces e inscripciones cristianas le hacen creer que deambula entre catacumbas.

Una serie de trozos innumerables de edificios góticos, bizantinos, romanos, etruscos se incrustan en los muros sin ningún orden. Rostros, brazos, dorsos de m­ármol decoran también los paleocristianos muros. Divisa un fresco con imágenes de santos y divinidades romanas. Se confunde con gotas de agua, gotas corroídas en los descoloridos diseños e imágenes. Da con letras de lo que fueron inscripciones dóricas en pillastres y cornisas. Desciende por unas escaleras deformes, comidas por el tiempo. Esta vez la oscuridad hace casi imposible distinguir cualquier cosa. Leves luces se filtran por orificios de la gruta. Las escaleras lo llevan a un laberinto, un laberinto de arcos y ojivas que componen diversas estancias y células; todas vacías. En una célula encuentra unas catacumbas en donde se sostiene una clara estatuilla de Mitra. La diosa de la vida no está sola. Dos personas conversan en voz alta. Conversan en una lengua extraña. Se acerca. Lo miran y huyen. Va tras de ellos desesperado. Nota sus túnicas pero no puede distinguirlos bien. Los persigue en el laberinto. Escucha sus pasos escabullirse por estancias donde ya no puede ver nada. Se pega a menudo con muros, resbala por la humedad del deforme piso. Las voces se acentúan junto a él. Corre hacia el lado del sonido mas tropieza con un círculo; un pozo de ladrillos. Las voces vibran. Las sigue. Palpando y golpeándose las rodillas encuentra unas escaleras. Baja. Las voces no sólo se hacen más claras sino que se multiplican. Siente un miedo paralizante. La curiosidad es más fuerte. Prosigue, las voces se vuelven gritos y lamentos, algunos conversan otros ríen.

Los murmullos se posan en eco en los poros de cada muro. Convergen como remolinos entre ladrillos y gotas de agua. Una leve luz perfora por un orificio. Una persona pasa corriendo. Juan no sabe si es mujer u hombre. La persigue, se tropieza, cae y se levanta mojado. Se escuchan gritos de mujeres y alaridos insoportables. Corre. Se ha perdido por completo. La persona se apresura a otro cuarto, pasando frente a él. Los gritos se oyen más claros y le dan escalofríos. Por fin Juan la encuentra encerrada entre muros. Con una leve luz infiltrada de lejos trata de verla. Esta se acuclilla. Se tapa la cara con las manos y con un velo en la cabeza.

−No, no por favor, ya no me saque, se lo suplico.

−Deje a mi hija en paz bastardo, déjenos.

Una mujer madura lo fija con ojos de rencor.

−No entiendo. Yo sólo quiero saber…

−¡Hijo de puta, déjanos en paz, no le hemos hecho nada! −reafirma mientras la muchacha llora incesante.

−Me confunde; yo sólo quiero saber sobre este lugar, sobre ustedes.

−¿Qué no has tenido suficiente? ¡Déjenos! −grita la mujer, seguida de otros gritos a su alrededor.

−Usted no me conoce. Soy…

−Un bastardo como todos los otros.

−No sé donde estoy señora, necesito su ayuda.

La madre guarda silencio mientras abraza a la hija.

−No quiero hacerle daño…

−¿A ti también te trajeron los soldados? −interrumpe la mujer.

−¿Cuáles soldados?

Lo mira con odio pero más tranquila.

−Sólo quiero salir de aquí, ¡Ayúdenme!

−Se me hace que a ti también te metieron y de aquí no vas a salir. Nos tienen encerradas.

−¿Quién?

−Cómo quién, pues ellos.

−¿Ellos?

−No ve cómo nos tienen. No tenemos ni cama, ni plato donde comer y casi siempre nos amarran durante días. Nos tienen comiendo nuestros orines y excremento. Cuando se aparece un sargento o alguien con soldados entran con una lámpara de mano y nos iluminan las caras para ver donde andamos y a quien se llevan. A veces se jalan a dos. Con los ojos vendados no suben a un autobús. En lo que recorremos un bosque, porque a eso huele, nos golpean e insultan. Cuando bajamos del autobús escuchamos los alaridos de las otras. Nos meten a culatazos. A cada una la encierran en un cuarto distinto. Sin quitarnos la venda nos amarran a las camas hasta sangrar. Ni un grito, ni un alarido los detiene. A una le cortaron un pezón por gritar “demasiado”, a las más niñas les han roto todo. A otras les han abierto el vientre por estar embarazadas. A mi hija la violaron ya dos veces durante 28 horas. Cada vez que nos suben al autobús sabemos que son diez horas de tortura, diez horas de pesadilla que se repite una y otra vez. Usted no tiene cara de militar y tiene acento extranjero, a usted lo han metido, quien sabe que le harán.

−Cuéntale Emilia, cuéntale lo que te pasó.

−El día que mi embarazo les estorbó me dejaron en libertad. Pasé por un puente sobre un río de cadáveres. Centenas de cuerpos decapitados podrían el agua y esos malditos soldados me disparaban sobre la cabeza hasta que uno de los tiros me alcanzó. ¿Y a ti cómo te mataron Rita?, dile.

−A mí me mató mi marido, me mató cuando supo que los soldados me habían usado. Me dijo que había deshonrado su familia y su nombre. Después regresé aquí para ver como estaban las otras.

−Estaba tan débil, tan flaca, tan incapaz de levantarme que me mataron a palos, eso es lo último que recuerdo.

Con el escalofrío de los sollozos Juan sale de la célula corriendo. Da vueltas y vueltas en infinitas galerías de catacumbas. Se siente encerrado entre paredes y puertas en ojiva que no llevan a ninguna parte. Una ligera luz, filtrada por algún conducto le ayuda a ver más claro. Ahora, a cada paso, a cada respiración, observa atento los detalles del laberinto. Tras horas de caminar encuentra unas amplias escaleras. Ignora donde puedan llevar pero las baja. Se halla en un gran pasillo. Lo recorre con cautela mirando en cada esquina. Una corriente de agua pasa debajo de él. Escucha el sonido del mar, de lobos marinos y delfines. Eso le da esperanza. Se desplaza lento entre charcos. El pasillo da a otro pasillo y a otro hasta uno como claustro. Ahí ve una fuente con telarañas y rodeada de restos de estatuillas; de figuras jónicas. Unas sandalias de Mercurio se incrustan en estalagmitas roídas por la humedad y los hongos de las rocas.

Poco a poco como una música que crece contra su voluntad y proveniente de múltiples puntos y distancias escucha el sonido de flechas.”Anaxilaus, Anaxilaus” oye resonar en cada muro. Resuena en el mar la caída de cuerpos y gritos de dolor. Ordenes militares se repiten con desesperación, se repiten como eco de un eco. Cimbran escalofriantes sonidos de bolas de fuego, de barcos y de edificaciones destruyéndose. “Se quema nuestro rey Anaxilaus, se quema.” Escucha, como si la persona pasara a su lado. Oye un estruendo de yelmos, escudos, espadas, de solados, un tumulto de gritos y de piedras que explotan, que se enredan con los susurros del recinto.

 Busca algún hoyo, algún pasillo que lo aleje de la sala. Es una sala cerrada. Tiene que regresar a las galerías. Atraviesa de nuevo el corredor; los cantos se hacen más fuertes, piensa haber visto una procesión. Se adentra en las galerías. Vigila sus propias huellas para no caminar en círculos. Sigue una que no ha pisado. Sus pies se entierran en el lodo. Se tropieza con restos de vasijas y de restos humanos. Pilas de cadáveres se clavan en los muros. Sube y baja entre células que han perdido su piso. Choca con un muro, con otro.

 De repente, tras saltar entre células que sólo conservan el inicio de sus muros, sale a un gran espacio abierto; una llanura subterránea fuera de las galerías. Es un lugar de formas volcánicas. Grandes esculturas de piedra se yerguen excelsas en diferentes formas y tamaños: un toro con Pasifae, Fedra sentada con Teseo y un Helios solitario. Juan pasa entre ellos y avanza por la planicie. Agua de mar moja sus pies.

Atisba entre corales pedazos de esqueletos con uniformes ingleses y franceses del XVIII, cráneos con cabelleras momificadas. Cada cuerpo muestra el daño de alguna bala, bayoneta o golpe de espada. Algunos se entrelazan, otros yacen de espaldas y varios huesos desperdigados, destajados, yacen juntos en decenas de cuerpos.

 Recorre kilómetros de restos humanos. Cansado, con el vientre vacío y una sed que le destruye la garganta nota un claro de luz. Este cubre ligero una escalera de piedra. Gana los escalones. Parecen no tener fin. Pero a medida que sube la luz se hace más intensa. Jadea, suda, grita de desesperación. A veces la escalera es estrechísima, apenas si cabe. Otras es resbaladiza. Accede a una parte en caracol. Ahí la escalera está completamente iluminada. Exhausto, después de horas de subida, accede a un pasillo. Corto, desemboca en un cuarto. Una adolescente duerme junto a una ventana. Duerme protegida por las sábanas. Sueña sin cesar de agitarse. Escucha su voz, una voz copiada en decenas de ecos.

 “Estoy nerviosa, muy nerviosa. Apenas tengo quince años y ya me mandan a esta ceremonia. Somos muchas pero aun así tiemblo. Mi atavío es nuevo, sólo pocas pueden decir eso. Estoy contenta seré una de las que participarán en el baile. Lo tenemos todo practicado.”

“Aquí en Limnea nunca han visto doncellas como yo, las lacedemonias de Peloponense somos diversas más bellas y refinadas. Ellos lo saben. “

 “!Este santuario de Limnatis es impresionante¡ Aunque sus torres son tan distintas de las nuestras, las ropas de los sacerdotes tan atrasadas. Los edificios son tan grandes… ¡Qué bonita casa de Artemisa! ¿Y toda esa gente? Mujeres, niños, perros, los asnos irrumpen en nuestro cortejo, pasan. Aquí vamos, nos miramos nerviosas. Alguien me ha tomado de la mano.”

“Nos sujetaron a todas de la cintura, nos jalaron arrastrándonos por el santuario. Al tratar de escapar nos apretaban con más fuerza lastimándonos las manos o los brazos. A mí me desgarraron el vestido en medio del templo pues logré soltarme de un soldado. Al tratar de agarrarme me arrancó la parte superior de la manta. Quedé casi desnuda frente a toda la gente. A otras las forzaron arrancando sus mantos por completo. Sin misericordia las arrastraron por la duela. Sus cuerpos se ensangrentaron y ninguno de los cientos de gritos atrajo la piedad de los mesenios. A mí me cargaron dos hasta las antecámaras pues jadeé demasiado. Me arrojaron a esa sala apenas iluminada, sin muebles, sin gente.”

“Vi caer mi vestido nuevo en pedazos, en garras, lentamente en aquel lugar de vergüenza. Apenas pude cubrir mis senos con las manos. Una de esas bestias me prensó la carne con sus uñas riendo de mis gritos. Lo último que sentí fueron mis lágrimas y la sangre que corrió por mis piernas. “

“Yo vi al soldado que mató a Teleclus, lo vi clavar su espada mientras luchaba con otros al intentar defender a las vírgenes.”

“Artemisa nos has abandonado. Hemos venido peregrinando tanto tiempo desde Peloponense, desde nuestras casas ¿Acaso hemos insultado tu nombre?”

“Apolonio y Artemisa nos mandan vivir con los caldeos de Regio. Artemisa nos ha protegido de los espartanos, ha previsto este exilio para salvarnos de la masacre, nos ordena vivir aquí como un regalo, como la oferta de una nueva vida. Ofrendemos a la diosa que nos ha dado esta tierra. Aunque el exilio es la última palabra que hubiera pronunciado en Peloponense y ahora la repito en cada imagen.”

“Teleclus y las vírgenes serán vengados, sus asesinatos no quedarán impunes. La sangre de cada vástago mesenio caerá en la tierra sagrada, en los templos o poblados, en la memoria y cuantos de cada romano o espartano.”

Juan Cristóbal escucha voces a sus espaladas que recitan como en letanía:

−Se levantó la núbil de su triste cama. Llegó a la ventana temblante. Un grito fue eco de su caída. Golpeó su cabeza en el arrecife, sus piernas fueron disputa de albatros. Nada quedó de sus senos, destajados por el coral. Sólo su nombre subió por las venas de Scilla. Sollozaron sus miembros, insertados en las rocas.

Juan observa como la joven se arroja por la ventana de piedra. Con los ojos castigados por la luz se estremece y piensa en su escape. Decide buscar otra salida. Por un pasillo con duelas de piedra, encerrado por estrechos muros, Juan desemboca en otra llanura subterránea. La luz permite discernirla por completo. Varios restos de pilares se reparten en un piso de arena y piedras. Ladrillos y escaleras de mármol son restos de lo que eran casas y tal vez templos. Uno de ellos casi íntegro cuenta en el triángulo de su cima una guerra misteriosa, un héroe entre solados y caballos. Quiso discernir el héroe, quiso tocar una estatuilla. Era un Héctor roído por el tiempo.

 Se aventura al interior de este recinto. Dentro la luz se hace más escasa. Los muros están labrados con mosaicos. Cada uno de los cuatro muros está recubierto con imágenes de tritones y sirenas, de un Poseidón y hasta de Scilla. La bestia sujeta con una de sus garras un delfín. Juan se da cuenta que el recinto es una termal. Busca entonces una salida de agua, algún conducto al exterior. Se acuclilla y gateando respira los hongos de la humedad. Se levanta absorto. Toca los muros; lo único que consigue es que se desprendan trozos de tierra y cuadritos de los mosaicos. Sale con prisa del termal. Sigue su camino por la llanura subterránea. Tropieza con viejas ropas que se adhieren a sus pies. Camina y escucha el mar pero no deja de observar la cantidad de piedras, de vestigios sin sentido, de vasijas rotas y hasta libros y papeles. El sonido del mar se hace más presente. El golpe de las olas en algún acantilado parece ensordecedor.

 Con gran miedo Juan nota no muy lejos un agujero, lo bastante amplio para permitir una gran entrada de luz. “Debe ser alguna salida a algo”, se dice. Camina rápido. Imágenes de personas irreconocibles, vagas, lo siguen. Los murmullos le rozan el oído.

– No nos dejes, levanta nuestros cuerpos y dáselos de beber al sol, para que podamos levantarnos del pasado para que podamos deshacernos de nosotros mismos y desaparecer con la navaja del alba.

Mientras camina con prisa ve en las piedras y formaciones volcánicas pedazos de hombres y de mujeres; pedazos amortajados por balas o lanzas. Vestidos de toda índole se incorporan a esqueletos, cráneos con cabellos momificados. Uno de esos cráneos en el piso vigila los pies de Juan Cristóbal. Varias siluetas atraviesan las estancias. Juan se apresura y acerca al sonido de las olas. Observa uno como orificio, como una ventana de piedra por donde penetra el sol. La grieta oval se abre en una bóveda, no muy alta, de aquella gruta. Con ansiedad, sus ojos recorren aquella falla. En cada uno de sus pliegues el sol se posa ligero. El orificio, imperfecto, reluce en la frontera de la piedra y el cielo. Juan escucha una gaviota. Inmiscuido en el reflejo de la luz, el mar azota la cuna del oleaje. Con grandes esfuerzos Juan trata de escalar hasta la bóveda, sujetándose de las múltiples piedras y fracturas del muro de la gruta. Logra llegar al hoyo. Sale al exterior. Se posa en una roca volcánica áspera y enorme. El sol penetra en su rostro causándole dolor. Deja su cuerpo cansado a lo duro del piso. Comienza a mirar poco a poco sediento y cegado ese mundo al que ha salido. Se da cuenta que se halla a los pies de Scilla.

 Al salir a la superficie, hubiera deseado haber soñado, hubiera deseado haber imaginado todo, pero su cuerpo con lodo, su sed y el horror de su ropa rasgada, le dicen que no fue así.

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