La estulticia en los tiempos del selfi

Luis Molina Lora

El problema de las selfis es que no vemos el tren que viene a golpearnos en el punto exacto donde hemos decidido hacernos la mejor toma… La contaminación en las redes sociales materializa el consumo que destruye ríos y llena de plástico los mares

Arola Nilom

 

Duterte, Putin, Erdogan, Trump, Le Pen entre otros príncipes asiáticos, africanos y europeos tan dañinos al micrófono como a sus votantes insensatos; el neo caudillismo en las Américas que flamea las banderas de todos los espectros políticos, porque la estupidez no es capital exclusivo de una sola estirpe; todas estas, todititas completas son la punta de una de las perlas del brillantísimo collar de la estupidez humana, hoy frente a nuestras narices.

Somos una moda, ritmos de temporada, carrera de cuatro por cuatro, alternancia del control, los extremos de una moneda o visitantes insensatos del péndulo en un canallesco parque mecánico. Somos tan volubles como raza que la mejor manera para definirnos es en democracia. Por supuesto que se sufre más en dictadura y otras variantes engañosas de gobierno.

En democracia se nos ha entregado por derecho la capacidad de elegir, pero se nos priva del raciocinio para hacerlo con criterios fundamentados en nuestros genuinos intereses y basados en reales beneficios colectivos. A esta contraposición tramposa también se le llama manipulación liviana o como lo acuñaron los antiguos cazadores de perlas en las filipinas hispanas, la dictadura del libre albedrío que es cuando usted cree que tiene el control sobre sus decisiones cuando en realidad su autonomía radica en seleccionar la hora en que bajará a las profundidades del mar donde terminará muriendo por asfixia.

En términos de actualización histórica, su autonomía equivale a que el pago de sus cuentas se limita a la escogencia del día en que las pagará siempre y cuando no se pase del nueve de cada mes, o a vestirse como se le venga en gana siempre y cuando el material, los colores y el estilo cumplan los requisitos universales de esconder para el mundo las partes sagradas y que la vigencia bajo los designios misteriosos de la moda no exceda un par de años. Estamos de acuerdo en que la autonomía es personal e intransferible y solo funciona en un espacio geográfico restringido y con límites de tiempo predeterminado. Esa autonomía es una contradicción coprológica.

A esto le sumamos la democratización de la cuerda que une las perlas que brillaban arriba en Filipinas: la autopista de la información que finalmente les ha dado voz a todos los idiotas del mundo, a aquellos que todavía no sabemos distinguir realmente entre el grado de certeza que trae “entroyada” una noticia falsa y de envenenamiento que acaballa la que parece verdadera. Antes, la capacidad de diseminar noticias estaba en manos de inteligentísimos idiotas, hoy la han perdido, aunque reclamen para sí el derecho a mantener ese legado.

Con qué presteza tomamos partido y nos adentramos en nuestras propias cajas de ecos negándonos al diálogo sanador de la convivencia. Claro, quizá todo se deba a razones pragmáticas de posicionamiento ideológico, y estúpida resulte la convicción de la coexistencia. Como sea, acercarnos al abismo parece interesante en particular cuando hemos crecido con el concepto Ctrl+Z al extremo de los dedos y ¡ups! para ciertas decisiones la cagada ya está hecha. Aunque en estos asuntos las consecuencias como las responsabilidades son compartidas.

Está demostrado que nos acercamos a la información que afianza nuestras creencias y no a la que representa retos a ese sistema de valoraciones porque tampoco hemos sido educados para la duda sino para el solaz ejercicio masturbatorio de la autocomplacencia. No hay que olvidar que pensar demasiado duele y que afirmarnos positivamente en el éxito inocente, el paraíso prometido, la riqueza merecida, brinda satisfacciones estimulantes inmediatas que anticipan el siempre esquivo éxito en la tierra.

Pero es cierto, mientras se sufre con ilusión se es más feliz. Y si podemos compartir las pequeñeces que conforman esa felicidad en YouTube, Instagram, Facebook, Snapchat, Tinder, Twitter y todas las que vienen porque nuestro uso obsesivo de la privacidad pública es el que les da presupuestos a esos harenes del ego, pues así seguiremos tomando decisiones fantásticas que de paso nos devolverán la ilusión de redecorar nuestra miserable existencia con los devaluados golpes en la espalda de un Like.

Este canturreo reacciona a esa masa informe de ignorantes en uno de cuyos ovalados rincones reinamos nosotros, por supuesto, con toda nuestra superioridad moral e intelectualidad que no alcanza, en algunos casos, para trazar rutas que nos conecten con los otros humanoides conformes en el templo de sus obligos porque es que a nuestra propia manera hacemos lo mismo. Nos auto complacemos ya no con fotografías insulsas sino en largas parrafadas engañabobos.

El equivalente pedestre a esa enfermedad del ego empieza con una fotografía tomada por nosotros mismos. Recibe el apelativo anglo, por todos conocido, de selfie. Es la maravilla que el lenguaje, con sus nombres, impone a los fenómenos que surgen a la velocidad de los bits. El selfi, grafía adaptada al español, es la cumbre de la felicidad de un instante, y si se corre con suerte, de un día. Es la mano divina de Miguel Ángel cediendo al ser humano todo el poder, la cara contra la imagen, el triunfo engañoso de la vanidad sobre el olvido.

En India y Rusia hay lugares en los que están prohibidos los selfis. Las estadísticas indican que son estos dos los países donde mueren más personas con una instantánea que no alcanzaron a ver y que terminará perdiéndose en la posteridad de la red si llegara a tener la buena fortuna de alcanzar esos cielos. Tan grave es el asunto que algunas naciones están legislando sobre ello.

En occidente el fenómeno varía en los números, pero no en la intensa traición al sentido común. Si no, véase cómo la sociedad del espectáculo convierte a la Casa Blanca en el cambio de sede de un reality show. El fenómeno, por supuesto, no es nuevo ni se lo inventó Fujimori en los bailes de tarima, ni Montesinos en los videos subrepticios, ni Uribe Vélez en los consejos comunitarios, ni Fidel en las transmisiones maratónicas que luego le copiara Chaves y cuya reducida versión terminarían siendo las conferencias con pájaros, mariposa, elefantes e incautos del heredero bolivariano. Todos estos ejemplos no agotan la lista, pero sí la encabezan con creces.

El circo es la piel de la política, la sobremesa de una dieta proteica en contratos de acaparamiento, el algodón de azúcar de un chico sin criterio al que se le dificulta decir no al dulce. Ahora no sólo perdimos el camino para develar la identidad de los payasos, sino que también nos hemos lamido por entero el abaratamiento de la tecnología del espectáculo. Y con qué facilidad pasmosa somos nosotros los votantes, observadores de las decisiones que nos cambian la vida, lectores ciegos de nuestra realidad, los que nos embelesamos con nuestra propia imagen en la cámara que estaba destinada a vigilarnos.

¿Pero quién no se ha decorado con mentiras, no se ha sobreexpuesto, no ha hablado más de la cuenta o le ha quitado tempranamente la palabra a los otros? La estulticia atraviesa nuestra vida y brota sin que la esperemos. Nos traiciona por parejo cuando confiamos en la única verdad a la que le permitimos nos abrace. Es esa unidireccionalidad, precisamente, la que convierte en dogma lo que no debería ser más que un pasatiempo.

Ante la insensatez de los otros no alcanza con untarlos con un poco de nuestras virtudes. En especial, ante las enfermedades de la auto referencialidad porque allí donde el ojo pone la cámara se desconecta el oído. Y es que hemos vivido tanto en el márquetin que no solo compramos los productos que no necesitamos, sino que adquirimos aquella forma verdulera, aunque digital, de vendernos. El problema es que le hemos aplicado márquetin a la vida cotidiana.

Tendremos que aprender a lidiar con los dispositivos tecnológicos que nos facilitan sacar el mejor perfil de nuestra cara, el éxito de nuestra vida, los viajes de nuestra familia y la fachosa portada de nuestro libro. Entre esta masiva cantidad de información que nuestros actos producen y la hiperdemocratización de los medios sociales tenemos que enfrentar con dignidad la reducción de nuestra huella contaminante en las redes. Ello, aunque empecemos a quedarnos solos con nuestra triste vida que seguro será más interesante al despojarla de la alfombra roja y las luces de un selfi.

 

Este texto es una versión extendida de la introducción del libro La cola del cerdo, Ottawa, 2017.

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