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Hugh Hazelton y la palabra entre fronteras

Ángel Mota Berriozábal

Fue uno de esos días en que la neblina se abre paso por las calles, arroja ese olor a humedad que confunde lo erizado de muros con el paso lento del aire. Sí, mi andar por el barrio del Plateau Mont-Royal, en Montreal, fue acercarme a una deriva buscada, a un muelle entre la bruma muy quejosa por los árboles. Y así llegué a casa de Hugh Hazelton. No creo que necesito presentarlo, no para alguien que vive en esta urbe de Dos Ciudades: Montreal. La célebre novela que escribió Charles Dickens precisamente en esta isla, en el viejo puerto de Montreal. No por casualidad sí con mucho de ecos; de lo inglés y lo francés en tensión y en convivencia en la urbe. Dos ciudades erigidas, revueltas en casa de Hugh. Casa situada en un barrio francés de fachadas neoclásicas, ligado al ya casi erosionado barrio portugués.

 

 

 

 

Hugh Hazelton es un célebre escritor, traductor, teórico de los Estados Unidos que vive, cruza puentes que son como brumas entre ciudades. “Un anglais” lo definirían las nomenclaturas reductivas de muchos en esta provincia de Quebec, que escribe e imagina en el vientre del mundo francés. Una frontera difícil de cernir o de ver dónde inicia y dónde acaba, no solo en su casa sino sobre todo ese día cuando la neblina lo acaparaba todo, lo sumergía en esa modorra y ligera lluvia que hace ligeros los bordes y las vallas.

Con toda parsimonia, gesto amable y perspicaz, Hugh me sentó en su comedor y en seguida, antes de poder enunciar pregunta alguna, me sentí en un cuadro de Paul Cézanne. No que lo viera; estaba dentro. La casa es la vanguardia misma en el decorado, en la disposición de la fruta, muebles y la ventana, así como en los cuadros que dibujan los muros. Es como si la casa misma fuera y es reflejo de lo que iba a oír, de lo que ya le conocía, de Hugh mismo. Así, la entrevista que le hice, desde el inicio, fue un atravesar el espejo, un atravesar un cuadro de Cézanne, ser parte de, y descubrir a todos sus personajes y sus colores. Hugh es como el pintor de todo esto. Lo cual es más que una mera anécdota o referente espacial. La casa de Hugh, él, es un autor de vanguardia, que hace de la vanguardia algo cotidiano; un modo de ser, un modo de vivir en casa y hacia el mundo.

Hugh Hazelton es uno de los pocos estadounidenses, radicados en Canadá, vinculados no sólo con el mundo literario quebequense sino hispano. El otro nombre que me viene en mente es James Cockcroft. Historiador, sociólogo, analista político y poeta. Yo leí en México sus trabajos sobre la Revolución mexicana, en mis tiempos de estudiante. Libros que son una referencia esencial de la historia moderna y política del país de Frida Kahlo, editados por la SEP y el FONCA. Lo conocí en Montreal, en veladas literarias y en la presentación de alguno de sus libros sobre el México actual. Amable y humilde, escribe sobre América Latina desde Montreal. Ha publicado cincuenta títulos. Es activista y amigo de Hugh. Otro escritor olvidado y anónimo fue Douglas Winspear. Ávido lector de Bruno Traven y sus relatos sobre México. De Traven tuvimos una que otra conversación en el mítico café Club Social del barrio Mile End. Viajero que recorrió el país de Diego Rivera en coche con su esposa, en busca de su propia identidad, del Otro del sur. Una huella que siempre arrastró nuestras conversaciones, a veces cordiales, a veces en disputa. Douglas me comentó más de una vez que escribió varios cuentos en donde México era un punto central. Creo que mencionó también una novela. Una Road Story que no lograba acabar. Sólo que estos documentos nunca se han publicado. Según Hugh están en manos de su esposa. Douglas murió ahogado en una piscina del barrio de Outremont. Existe la poeta Katharine Beeman, cuyos lazos con Cuba son muy sólidos. Entre ellos la de ser muy activa en programas de intercambio con la isla, especialmente en lo que respecta a la literatura. Creció en Lansing, Michigan y migró a Montreal también en los años Nixon.

Mas Hugh es el escritor, traductor e investigador que más peso ha tenido en las letras hispanas de Canadá. Es ese gran enigma y a la vez gran personalidad reconocida, apreciada y respetada tanto por “ingleses” como “franceses” y no digamos nosotros los hispanos. Él es capaz de reunir a cientos, docenas de personas en una velada literaria, conferencia o lectura. Escribe en cuatro lenguas; inglés, francés, español y portugués. Hugh Hazelton, como veremos en detalle más adelante, redactó el libro más importante a la fecha sobre la literatura hispano-canadiense: Latinocanada, ha editado uno de los libros más relevantes sobre escritos en torno a Latinoamérica en Canadá y ha escrito poemarios de vanguardia, traducidos y citados por un sin número de poetas de todo origen, amén de su premio Gobernador General como traductor.

En su casa, ante su calma sajona, conversaciones sobre nuestras respectivas hijas y la política actual, mi primera incógnita, la que siempre he tenido, era la de saber cómo había llegado a Montreal y por qué. Descubrí entonces que Hugh hizo todo lo que pudo para evitar ser cómplice de la guerra de Vietnam. Gracias a sus estudios en la universidad  de Yale, prorrogó su llamado a las armas. Al mismo tiempo colaboró con un grupo antibélico, no sólo rechazó la conscripción sino que devolvió su carta de conscripción al gobierno. Cuando por fin el gobierno de Richard Nixon y el Uncle Sam lo convocaron a la masacre, Hugh ya había escapado, había tomado ese tren subterráneo que alguna vez sirvió para liberar esclavos de los Estados Unidos en el siglo XIX, y se refugió en Canadá. Desembarcó en Montreal en el 1969. Atraído por la diversidad que se vive en la urbe –me dijo−, ese mundo de dos culturas; dos ciudades, por el cruce constante de lenguas, donde llegó con un menor en literatura francesa. Mientras, el FBI visitó la casa materna, preguntó a su madre sobre el paradero de Hugh: “No sé, no sé donde está mi hijo” –sonrió Hugh cuando me lo contó−: “¿No sabe dónde anda su propio hijo, señora? –ironizó el FBI. Hugh tuvo que permanecer cuatro años en Canadá sin poder volver a los Estados Unidos. Durante todo ese tiempo nutrió su curiosidad y atracción hacia América Latina leyendo a Borges, Juan José Arreola o a Lugones. De hecho, me contó que desde sus años de estudiante en Chicago Hugh se sintió atraído hacia esa otra América. Le fascinaba la arqueología y la historia. Tuvo un amigo mexicano-americano en su tierra que lo inició a este universo. De Montreal se desplaza a Vancouver por un tiempo. Urbe que utilizó a la vez como base para conocer todo Canadá, desde la remota isla Fogo, en Terra Nova, hasta el Yukón y el norte de la Columbia Británica, donde enseñó en un pueblo minero al lado de una reserva indígena. De ahí viajó a América Latina. Dos años vivió en un universo contario al suyo. Sobre todo visitó México, Perú, Chile, Argentina y Brasil. De hecho puso pie en casi todos los países al sur de los EEUU, a excepción de Colombia y Venezuela. Decidió volver a Canadá e instalarse en Montreal, “la ciudad –me comentó− multicultural y multilingüe que prefiero por su cultura y sus conexiones con América Latina.”

De esta forma, ya con pasaporte canadiense, del 1982 al 84 viaja por todo el mundo, con su compañera Ginette. Surcaron todo lo extenso de Australia; de la Llanura de Nullarbor al mar de tiburones blancos.  Alcanzaron Asia del sudeste y la India. De ahí volvió ella a Montreal, por sus estudios. Hugh siguió con la odisea y puso pie en numerosos países de África, como Tanzania, Burundi, Congo o Zaire, en donde tuvo que fungir varias veces como traductor del inglés al francés para personas con ciertos problemas con las autoridades locales. Se inició así como traductor sin desear serlo. Finalmente voló de Kinshasa a Abiyán, en Costa de Marfil, desde donde se aventuró a las ciudades medievales de Malí, antes de cruzar el Desierto del Sahara, rumbo a Argel.

En sus viajes, durante la noche, leía novelas africanas o del sitio que visitaba. Sed de leer lo Otro. Cuando me platicó todo esto, pensé de inmediato, como corolario, en Hemingway. Sobre todo cuando me narró su subida al Himalaya. El escritor aventurero, el escritor crítico de su nación y narrador del mundo. Sin embargo, a Hugh no pareció agradarle mucho la equiparación. “A Hemingway le gustaban mucho las armas y la guerra yo soy de izquierda y pacifista.” “Hemingway es un narrador de aventuras yo soy poeta de vanguardia, entre lenguas.” De sus viajes en Canadá surgió el poemario Sunwords y de su travesía en América Latina nació el diario poético; Crossing the Chaco, ambos libros editados en 1982. Me confesó que escribió un diario de su viaje alrededor del mundo, inédito hasta la fecha, que espera publicar un día.

Tras su vuelta decide asentarse definitivamente en Montreal con su compañera quebequense. Y desde ese inicio de enraizamiento original, entre dos mundos, Dos Ciudades; el anglosajón y el franco-hablante, Hugh estudia en la universidad de Sherbrooke literatura comparada. Entra en contacto con autores quebequenses, anglo-canadienses y latinoamericanos. Sus escritos se impregnan de la Beat Generation, de Allan Ginsburg, de Vicente Huidobro y del sobre todo del poeta de vanguardia argentino Olivero Girondo. Lecturas que vivió junto con los recuerdos de las calles de Chicago, de la poesía urbana de Amiri Baraka y de los afroamericanos, poesía sónica, como el rap, la poesía bañada de música, el habla en ritmo, los ritmos con claros matices políticos y de rebeldía a una situación social precaria y adversa. De ahí que se haya volcado a la poética de Aimée Césaire o a los giros lingüísticos de Apollinaire. Su escritura es poesía y política. De esto escribiré más adelante.

Como personaje de “Dos Ciudades”, el poeta disidente escoge vivir, escribir, convivir du côté français de l’île. “Es el lado más interesante –adujo− el francés es la lengua de la mayoría y mi esposa era quebequense, pero no dejo de convivir con los anglosajones, de vivir entre varias lenguas, que es lo que más me atrae.” Conoce a los poetas consagrados de esta provincia, los vive con traducciones, los oye. De ahí que en 1991 es invitado a ser coordinador de una revista ya histórica: Ruptures: La revue des 3 Amériques. Se integra así al grupo creado por el haitiano Edgar Gousse y el poeta y traductor Jean-Pierre Pelletier. Hugh revisa las traducciones  al inglés de los poemas de otras lenguas  y trabaja en el equipo de selección.  La revista publica en los cuatro idiomas (de origen europeo) de las Américas: francés, inglés, español y portugués. En la publicación se leen desde autores desconocidos, de diferentes orígenes, a escritores consagrados de Latinoamérica, Canadá y otros países. De hecho −me comentó Hugh−, la revista se volvió una ventana donde el lector de Montreal tenía acceso a autores contemporáneos con mucho peso de todo el hemisferio. Cada uno de los autores era traducido, en lo posible, a cuatro lenguas. Lo nuevo que se creaba en América Latina y en Canadá podía ser leído en varias lenguas en un mismo número. Es así que se perfeccionó Hugh en la traducción literaria profesional y con ello empezó de manera sólida su palabra entre fronteras, “su tarea como traductor.” Después de catorce números, la revista dejó de imprimirse en 1996.

Es a partir de ese año, a raíz de la experiencia Ruptures, que es llamado a hacer importantes traducciones de poesía y cuento del francés al inglés o del español al inglés. La Universidad de Concordia le ofrece en el año 2002 el puesto de profesor titular de traducción. Entre los autores más destacados que ha traducido están Olivero Girondo, Daniel Sada −que tradujo para la revista Viceversa−, José Acquelin y Jöel Des Rosiers. De este último tradujo Vétiver que le valió el prestigioso premio Gouverneur General du Canada en el 2006.

En el 2007 se imprime Latinocanadá: A Critical Study of Ten Latin American Writers of Canada. Esta obra es, sin lugar a dudas, el referente número uno, historicista y teórico, sobre la poesía y prosa ficcional de los autores hispano-canadienses. Hugh logra reunir autores, obras y dar cuenta de una temporalidad histórica literaria desde los inicios de las letras hispano-canadienses hasta el cierre de la edición, en el 2005. Una práctica académica nacida, como sabemos, del siglo de la Ilustración, cuyo fondo filosófico e histórico es la de ofrecer y establecer una literatura nacional, por medio de la idea de inicio y seguimiento histórico hacia un futuro colectivo. En este caso se reivindica, en la historia canadiense, la presencia de otra literatura ajena a la nacional reconocida, de autores de orígenes diversos a los del país de acogida. Aunque todo historial es siempre obras escogidas, unos autores en detrimento de otros, un punto de vista histórico personal, la labor de Hugh fue titánica pues retrasa los orígenes de nuestra literatura hispana, sus porqués y nuevas tendencias hasta el 2005. Como fundamento histórico, con ciertas ausencias en el contenido, el libro adquiere así el valor de dar un espacio y tiempo a la literatura escrita en español en Canadá, la de ubicarla como literatura dentro de otra literatura; la nacional canadiense. De esta suerte, la relevancia primordial de este libro, que le valió el premio de Mejor Libro por la Asociación Canadiense de Hispanistas, es la dar cuenta de un pasado, ponerle un presente y desearle un futuro a esta ficción y poesía “marginal o minoritaria.”

La lengua extranjera se vuelve un caballo de Troya: “the literary artifact” que deja salir de sus páginas a los frigios, no para conquistar, sino para hacer parte de la polis como seres diversos, para romper la noción de frontera, si esta se le concibe como la separación entre una lengua y una cultura nacional hacia o contra otra, tal como lo piensa la herencia de Hegel y Kant en nuestros mundos modernos (la idea de nación como un pasado, presente y continuación de una cierta comunidad homogénea o similar, tanto en lo racial, lingüístico como en el referente identitario cultural y social). Este caballo literario crea así un caos en la noción de frontera lingüística, de referente cultural de un país e instaura la noción de la voz diversa desde dentro. Lo minoritario se mueve y como rizoma, diría Gilles Deleuze, la literatura es ramas y hojas que crecen de varias raíces, se bifurca, es decir se escribe en inglés, francés, español, portugués, italiano. Dentro de un habla, al parecer unívoca, existen diversas voces, tonos, influencias históricas de personas ajenas −al parecer− a la historia nacional de Canadá o Quebec. El libro es una historia dentro de otra historia y a la vez como palabra, como ente salido del vientre de la bestia de la ficción que se desvanece, se extiende como bruma en la historia de las Dos Ciudades. El libro de Hugh es de este modo una traducción en sí de un mundo tal vez invisible para otros, para las letras nacionales. “La labor del traductor” nos dice Walter Benjamín, no es tanto la de traducir lo escrito sino la de develar ese sentido, esencia del texto, ese universo cultural y subjetivo vedado al lector en lengua distinta a la traducida. De ahí que la labor de Hugh con sus traducciones, con este libro, fue traducir e introducir otro sentido de identidad, de pertenencia a la tierra, a una comunidad, a la polis, dar cuenta de una práctica y experiencia, realidad social, vedadas al lector de una sola lengua.

Lo mismo hizo con el libro que editó con Gary Geddes: Compañeros: An Anthology of Writings About Latin America. Obra que reúne a escritores de Canadá, hispanos y de habla inglesa o francesa, cuyas plumas han escrito ficción y poesía sobre América Latina, desde México hasta la Patagonia, pasando por Haití. La relevancia de esta antología es la de juntar lo que de otra manera estaría disperso y casi perdido en el mar de ficciones sobre el tema en un país tan enorme. De nuevo, bajo la herencia cultural y filosófica de la Ilustración, el compendio es un trabajo de agrupación de textos de 84 autores –una selección con sus límites y tendencias subjetivas− cuyo fin es el de dar unidad y base histórica a los escritos canadienses sobre los países al sur de los EEUU.

Por otro lado, Hugh es un poeta. Le he oído numerosos poemas, le he traducido un par y de este modo, en comparación con todo lo que ha escrito, parece inverosímil que haya publicado tan solo tres poemarios, aún si me escribió comentándome que posee otro poemario en el horno. De sus poemas impresos e inéditos le he leído y escuchado varias tendencias y estilos. Desde la poesía experimental hecha con sonidos, palabras entrecortadas, palabras solas, a la manera de Allen Ginsberg y la Beat Generation, a la poesía de amor, la poética de viajes, con algo de homérico, poemas políticos y fantásticos sobre vampiros y fascistas. Existe en su poética un vasto panorama de temas y tendencias.

Su poemario Antimatter, que también se ha publicado en español como Antimateria, es, como ejemplo principal, voces, casi en silencio y a la vez en grito contra los Estados Unidos, el orden global del mercado y más que nada el deseo por medio de la palabra de desarticular el objeto, la materia con la que −evoca y piensa él− nos han enseñado a creer, pensar y hacer nuestro mundo mercantil y militar contemporáneo. La materia, en su libro, es la metáfora de la lógica neoliberal y lo que define como imperialista. La materia se viste de consumo, de imágenes televisivas, del cine de Hollywood, de los discursos de poder y falsas democracias. Antimatter es con ello la tentativa poética de la evanescencia, de crear neblina de la materia con nuevas formas de estructurar las estrofas, los sonidos, la repetición de palabras, con el verso como testimonio y denuncia. El sonido de sus versos, como es el caso en el rap, el canto urbano afro-americano, es el deseo coloquial de desarticular, volver bruma, la palabra que suena hueca a quien no tiene acceso a lo preconizado en un discurso emitido por políticos o medios de comunicación de masa o compañías de explotación de recursos sin ética alguna. Su poesía es como volver a hacer una semántica del todo. Es un grito pacífico, que ve desde las entrañas la necesidad de la transformación de la realidad social. Por lo que incluso el poemario Antimmatter se vuelve un deseo de traducción en sí, un deseo de metamorfosis de la palabra:

Began

As a

Ssssssss
Yyyyyyy
Boooooo11111
What
Is a ssssssyyyymmmmbbbooooo11111
I name
I name this
Create this by naming
As the imperial lexicón (23).

 

El libro, como casi toda la creación de Hugh, es sumamente irónico:

Nothing of course
Sorry, it seems that nature
Allow species to lie to themeselves kill each other and even
Self-destruct if that is their intention (30).

 

Una ironía que viene con el deseo de narrar, de viajar, de descubrir otros universos, es decir, de transformar, como mencioné antes, esta materia política y comercial en otra cosa: poesía

 …nebulae explode and coalesce
And wondering if I can stay in the universal momento
I look back in the garden and see a triceratops grazing on the lettuce
And reach out
To give this poem
To you

 

En casa de Hugh, ya caída la tarde, una lluvia que había cesado, lluvia ligera de mojado sobre los cuerpos y los árboles, al paso del tiempo casi sin verse, Hugh me comentó que hay dos cosas culturales que ha hecho y considera lo más importante de sus actividades para-literarias y lo que más ha aportado: la revista Ruptures y las noches de poesía Lapalabrava. Lecturas casi mensuales en donde él y la poeta y cantante Flavia García reúnen a escritores de tres orígenes lingüísticos diversos; español, francés e inglés. Invitan a poetas consagrados y otros menos conocidos, y siempre hay una sesión de micro abierto para cualquier voz poética. Las Dos Ciudades se acercan una a otra en estas noches. Se realiza un viaje por medio del verso, y en ello se integra el universo en español a las lenguas oficiales. Con lo que se rompe, al menos de momento, en esas tres o cuatro horas que dure el evento, la división entre literatura mayoritaria y minoritaria, lenguas oficiales y lenguas marginales. “No, ya no me gustaría volver a vivir en Chicago –me dijo Hugh sonriendo−. De hecho cuando regreso echo de menos al francés y a la efervescencia lingüística de aquí. Es verdad que hay una gran comunidad hispanohablante allá, con la cual tuve mucho contacto en mi juventud,  pero el interrelación de los idiomas es menos fluida que en Montreal. Aquí es maravilloso como podemos vivir en varios idiomas el mismo día, incluso con la misma persona. Es lo bello de Montreal. Por eso me quedé, por eso escogí esta ciudad.”

Ahora Hugh prepara una traducción colosal del poeta argentino Olivero Girondo. Ya se han traducido al inglés algunos textos del vanguardista, mas esta será la primera vez que se traducen sus obras completas a la lengua de Melville. Lo cual es sin lugar a dudas un fenómeno importantísimo siendo que es un paso adelante para que Canadá deje de ser un país periférico en cuanto a traducciones de autores extranjeros importantes, para volverse la nación que traduce al mundo sajón a un poeta con tanta relevancia. Se han recibido contribuciones del consulado argentino y será una versión bilingüe. Para Hugh es como la concreción de una larga trayectoria, de años de estudio consagrados a este autor, a su simpatía por la vanguardia y más que nada es una traducción de sí mismo y de su vida.